
Cuando en la antigüedad "alguien" hizo el análisis esencial de los sonidos de una lengua y atribuyó a cada uno de ellos un signo diferenciado del resto, hizo uno de los servicios más loables al desarrollo de la civilización del hombre. La idea fue proyectada sobre otras lenguas que tenían más fonemas, para lo cual hubo que inventarse letras "nuevas" a partir de la combinación de dos letras simples (dígrafo) o, simplemente, de nuevas representaciones (ñ). Con el tiempo había que ser también respetuoso con sonidos que se habían perdido pero que no parecía conveniente olvidar (h, v), o se añadían letras exóticas (x) que se correspondían con dos fonemas. En definitiva, el alfabeto castellano ha sido la síntesis de diferentes criterios que han convivido sin mayores problemas.
Pero esto no nos debe hacernos perder el norte y el orígen: recoger los sonidos esenciales de una lengua.
Este principio se ha visto marginado por el reciente acuerdo de la RAE que expulsa del alfabeto a la "ch" y a la "ll", que ya no van a "sonar" en la enunciación desplegada del alfabeto.
Parece que no es una decisión sabiamente meditada.
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