
A veces me pregunto por qué entre nosotros no se lleva la tragedia y no encuentro otra respuesta que la de que nuestra sociedad es amoral y, para que aquella exista, es necesario una conciencia social de la moral. Sin ella el sentido trágico y su correspondiente catarsis no existe. El "héroe" que sucumbe no es más que un perdedor a ojos de la comunidad y en el más estricto sentido del capitalismo americano. Ha perdido la transcendencia y grandeza que le otorgaba la conciencia social para convertirse en un personaje privado con un problema personal que no tiene proyección fuera de su esfera
Para percibir la catarsis habría que saber distinguir entre el discurso de lo políticamente correcto y el de imperativo moral que mueve al ser humano a rebelarse contra todo convencionalismo, pero como el respaldo moral a la integridad y el reconocimiento social no existen es imposible que la tragedia exista.
Sólo podemos hacernos cargo del drama personal que puede afligir a cualquier persona en cuanto es víctima del sistema o del azaroso destino, pero no podemos reconocer grandeza al que se rebela contra los sagrados principios establecidos y sucumbe en el intento. Su gesto pierde transcendencia y se pierde entre los miles de desgracias que afligen a los seres humanos.
Algo tendrá que ver el declive de este género con la crisis de la democracia. El individuo ya no cuenta y el sistema, en la práctica, reduce a estadística a las personas.
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